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miércoles, 20 de enero de 2010

Más sal

- Sí, me gustan mucho los chocolates que aquí preparan - sonreí.
- Ah, ¿prefieres un chocolate a un café? Puedo pedir uno si quieres... - dijo tan amable como siempre.
¿Es que no podía ser capullo en algún momento?
- ¡No, no, no! Los cafés tambien me encantan, ¡gracias! - dije agarrandole las manos instintivamente - además, no hacía falta ni que me invitaras... - añadí llevando rapidísimamente mis manos hacia mi taza de café.
- Me encanta complacer a las personas que quiero - dijo cogiendome las manos.
Yo no cabía en mí de la emoción. ¡Dios, llévame contigo porque yo ya soy la mujer más feliz del mundo!
- Oye, tú y yo tenemos confi - no paraba de soltarme las manos - y quería contarte algo...
¡Sí, sí, sí, sí, sí! ¡Claro que quiero salir contigo, llevo esperándolo medio año!
- Sss, sss, sí - por Dios, no me tiembles ahora.
- Bueno, hay una chica que me gusta. Pero... no sé cómo decírselo. ¿Tú qué harías? - se sonrojó muchísimo.
No, no, no, no... ¡Ahora no! ¡Ahora no seas un capullo y me vengas a pedir consejo! Soy yo la que lleva queriendo decir algo a alguien y no sabe cómo hacerlo...
- Emh, bueno. Creo que no soy la más indicada porque no sé mucho de esto - dije intentando zanjar el tema.
- Ya, pero eres una chica. ¿No saben de esto mucho las chicas?
- No te creas, al menos yo no - sonó cortante.
Por favor, ¡para! No quiero que sigámos con esto, no más.
- Sí, aunque... - se cayó.
Había dejado caer la taza al suelo para así ganar unos minutos y poder irme lo más pronto posible de allí.
- ¿Estás bien? - tan caballeroso - ¿Te pasa algo?
- No, no sé cómo ha pasado. La he cogido por un lado pensado que era el asa y se ha caido... - hablaba totalmente ennortada, mirando los pedazitos taza esparcidos por el sulo.
- Bueno, es igual. Ahora lo recogerán. De todas formas, tengo más dudas.
¡Cállate ya!
- ¿Cómo le digo que le quiero, que es el motivo por el que me levanto cada mañana? Que duermo para soñar con ella y me despierto para pensar en ella - sonó muy romántico.
Demasiado empalagoso, pero me encantaría ser ese motivo. Ahora no podía pararme a buscar una respuesta. Mi corazón estaba hecho añicos, como la taza que acababa de tirar. Fue cuestión de segundos, milésimas de segundos diría yo, la cuestión es que no notaba que la sangre corriese por mis venas...

viernes, 15 de enero de 2010

Café con sal


Estaba esperando a alguien, no sé a quién ni por qué, pero si sabía que lo hacía porque le observaba tras la muchedumbre. Se reflejaba en el cristal, parecía modelo de escaparate con la mirada hierática y penetrante que me hacía sentir que lo tenía a 3 centímetros de mi cara. Miraba al vacío, ansioso de que llegara esa persona. No podía soportar más esa mirada, así que me fui para no tener que volverla a ver.

Al cabo de un rato me rujía la barriga (como no, siempre tan caprichosa), y como pasaba por al lado de una cafetería, entré. Pisé un escaloncito que me adentraba en ella, siguiendo hasta la barra dije:


- Por favor, ¿qué desayunos tienen hoy en el menú? - creo que los menús del desayuno tambien cambian, ¿no?


Mientras que el camarero me tría el menú me dediqué a buscar asiento con la mirada. Por la derecha... nada. Detrás... nada. A la izquierda... él. ¿¡Qué!? ¿¡Dónde estaba yo ahora mismo!? No me lo podía creer, engañada por mi subsconciente.


- Perdone - le dije al camarero - no hace falta que me traiga ya el menú, gracias - dije con un hilillo de voz.


- ¿Puede repetirlo? - dijo entregandome el menú.


- Que... ehemm - me rasqué la garganta - NO HACE FALTA QUE ME TRAIGA EL MENÚ - se me escapó la voz, ¡había subido demasiado mi volumen!

A la señora de al lado se le había derramado encima el café del susto que se llevó, aunque estaba furiosa se me escapó una carcajada.

Mire hacia donde el se sentaba y, como me lo esperaba, me estaba mirando. Se me cambió la cara completamente; le sonreí para no hacer el feo y me hizo un gesto para que me sentara a su lado.


¡Nooooo! - estaba pensando - Por qué a mi, ahora me tendrá que contar que lleva ahí toda la mañana esperando a cualquier estúpida chica...

Y yo aquí - pensaba - con la ropa más fea que una chica pueda llevar: vaqueros anchos con las rodillas rotas (sí, y manchadas; me acababa de caer al barro pero es un detalle que preferí pasar por alto. ¡Ah!, y los pantalones no eran anchos, ¡me quedaban gigantes!), una camiseta de tirantes verdes con estampado floral (a lo ortera, olé ahí) y encima un chaleco de rejillas azul eléctrico. Ah, se me olvidaba; llevaba también las chanclas gigantes de mi padre (que parece que llevaba dos barcas a cada pié) porque mis zapatos estaban empapados del día anterior.


Bueno, hayá vamos - me dije a mi misma.