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lunes, 18 de enero de 2010

Agreguémosle azúcar


- ¡Hola! - le saludé con sonrisa nerviosa
- ¡Hola! - puso mucho impetu en el saludo - vaya ehm... te veo extraña.
Mierda, lo sabía.
- Estás muy graciosa con esos pelos y vestimenta, cada día me sorprendes más - dijo entre risillas.
Vaya, me ha sorprendido, me imaginaba otra cosa.
- ¿Quieres un café? - me invitó.
- Bueno, la verdad es que... - no me dejó terminar
- Un café como le expliqué antes, camarero - pidió levantando la mano a modo de llamada de atención.
¿Como le expliqué antes? ¿Qué tenía entre manos?
- Tome señorita - dijo el camarero mientras me ponía por delante el café.
Lo miré con detenimiento, parecía normal... excepto por la espuma con forma de corazón que flotaba por encima del café. Tenía el corazón a punto de estallar cuando...
- ¿Te gusta? - dijo impaciente - bueno, no es para que te quedes todo el rato mirándolo...
- Es, es, es, es... es precioso - ¡Mierda! no podía temblarme más la voz...
-Bueno yo es que... quería decirte una cosa - me susurró cabizbajo.
El suave contacto de sus labios con mi oreja me puso los bellos de punta.
- Di, di, dime - seguía vacilando mi voz.
- Bueno, llevo toda la mañana esperándote. Sé que frecuentas mucho esta cafetería...

viernes, 15 de enero de 2010

Café con sal


Estaba esperando a alguien, no sé a quién ni por qué, pero si sabía que lo hacía porque le observaba tras la muchedumbre. Se reflejaba en el cristal, parecía modelo de escaparate con la mirada hierática y penetrante que me hacía sentir que lo tenía a 3 centímetros de mi cara. Miraba al vacío, ansioso de que llegara esa persona. No podía soportar más esa mirada, así que me fui para no tener que volverla a ver.

Al cabo de un rato me rujía la barriga (como no, siempre tan caprichosa), y como pasaba por al lado de una cafetería, entré. Pisé un escaloncito que me adentraba en ella, siguiendo hasta la barra dije:


- Por favor, ¿qué desayunos tienen hoy en el menú? - creo que los menús del desayuno tambien cambian, ¿no?


Mientras que el camarero me tría el menú me dediqué a buscar asiento con la mirada. Por la derecha... nada. Detrás... nada. A la izquierda... él. ¿¡Qué!? ¿¡Dónde estaba yo ahora mismo!? No me lo podía creer, engañada por mi subsconciente.


- Perdone - le dije al camarero - no hace falta que me traiga ya el menú, gracias - dije con un hilillo de voz.


- ¿Puede repetirlo? - dijo entregandome el menú.


- Que... ehemm - me rasqué la garganta - NO HACE FALTA QUE ME TRAIGA EL MENÚ - se me escapó la voz, ¡había subido demasiado mi volumen!

A la señora de al lado se le había derramado encima el café del susto que se llevó, aunque estaba furiosa se me escapó una carcajada.

Mire hacia donde el se sentaba y, como me lo esperaba, me estaba mirando. Se me cambió la cara completamente; le sonreí para no hacer el feo y me hizo un gesto para que me sentara a su lado.


¡Nooooo! - estaba pensando - Por qué a mi, ahora me tendrá que contar que lleva ahí toda la mañana esperando a cualquier estúpida chica...

Y yo aquí - pensaba - con la ropa más fea que una chica pueda llevar: vaqueros anchos con las rodillas rotas (sí, y manchadas; me acababa de caer al barro pero es un detalle que preferí pasar por alto. ¡Ah!, y los pantalones no eran anchos, ¡me quedaban gigantes!), una camiseta de tirantes verdes con estampado floral (a lo ortera, olé ahí) y encima un chaleco de rejillas azul eléctrico. Ah, se me olvidaba; llevaba también las chanclas gigantes de mi padre (que parece que llevaba dos barcas a cada pié) porque mis zapatos estaban empapados del día anterior.


Bueno, hayá vamos - me dije a mi misma.


miércoles, 13 de enero de 2010

Tarta de arándanos


Cada vez que deboro una de éstas se me vienen a la mente recuerdos de mi infancia: Cuando mi abuela hacía esta tarta y se la llevaba a la casa de campo, donde allí nos la comíamos toda la familia junta, cuando recogía arándanos de las tierras de mi tio mientras paseábamos a caballo, que el color morado era mi favorito...
¡Pero qué estoy diciendo, me estoy americanizando! No he hecho eso en mi vida, de hecho nunca he llegado a probar esta tarta, pero acompañada de seres a los que quieres, ya sean amigos, familiares, etc tiene que ser una buena combinación.
Sencilla regla de tres:
Tarta de arándanos + amigos = volver a tener que hacer otro día una igual
Tarta de arándanos + familia = tener que escuchar consejos de tus mayores para mejorarla
Tarta de arándanos + novio = empache total
Tarta de arándanos + novio glotón = conquista definitiva

¡Tú decides que hacer con la tarta de arándanos!